Hacerse la rata… ¿o hacerse el oso?

rata con oso Para ingresar al Colegio Nacional de Buenos Aires había que leer el libro Juvenilia, de Miguel Cané. Ahí estaban las primeras anécdotas acerca de las rateadas en el colegio. Como casi todo lo que dicen los libros cuando uno tiene 12 años, era fascinante y casi de ficción.

Volví a escuchar estas palabras cuando comencé a cursar el secundario. Era interesante oír a los de cuarto y quinto hablar sobre esta actividad. Era verdad, ratearse era una actividad más de la escuela secundaria. Los más grandes tenían miles de anécdotas. Algunas increíbles, otras… más que tontas.

Hacia el final del primer año del secundario ya había en mi curso un par de valientes que se habían rateado con algunos de cuarto o quinto. Digo valientes porque para mí hacía falta valor. Era una decisión importante. Y estaba claramente censurada por mi familia, y por supuesto por la sociedad. Ni hablar de las cosas que decían los profesores en la escuela, aunque no era un tema de opinión o debate. Ningún tema era de debate. Parecía que a nadie le importaba nuestra opinión personal acerca de lo que nos pasaba, de lo que pasaba a nuestro alrededor, ni siquiera interesaban los porqués de nuestra falta de estudio o nuestras bajas calificaciones, cuando ocurrían.

Corrían los años 70, el peronismo censurado pero con una consigna clara: “Perón Vuelve”, la sociedad revuelta, los socialistas, comunistas y anarquistas pintando la ciudad, la muerte del Che golpeaba duro a muchos, la guerrilla en América y en nuestro país se hacía oír con fuerza. Y la dictadura de Onganía parecía ser terrible.

Hijos de una clase media acomodada por el Estado de Bienestar, heredera de las conquistas sociales de los ’50, con padres apenas calificados pero con la firme convicción de que sólo el estudio permitiría progresar, ser alguien en este mundo capitalista… o por el contrario, para cambiar este mundo, para hacerlo más justo y libre, para eso había que estudiar, llegar a la universidad, poseer conocimientos que nos permitieran llevar adelante los cambios que muchos de nuestros padres, y nosotros, pretendíamos en esos años ’70.

Ratearse frente a esta idea de educación como obligación más que como derecho, frente a esta idea de joven privilegiado que puede acceder al colegio secundario en lugar de ir a trabajar para ayudar a la familia, frente a esta idea de formación para la liberación y la revolución… ratearse debía ser algo más que no ir al colegio, debía tener otro sentido.

Mi primera rateada fue recién en cuarto año, en el ‘72. Lo recuerdo claramente. Tenía prueba de matemática y no tenía buenas excusas para pedir a mis padres faltar a clase.

La verdad es que no me costó mucho tomar la decisión. No tenía muchas opciones… si iba corría el riesgo de llevarme la materia a diciembre, si faltaba tenía la posibilidad de rendir un recuperatorio que, con una buena excusa lograría conseguir de la profesora. Y así fue. Salí de casa como todos los días. Tomé el tren y el subte, pero seguí de largo y no bajé en la estación que cada mañana, de lunes a viernes, me veía llegar a las 7.30. Me bajé en la estación Catedral, al final del subte D, casi en Plaza de Mayo.

Esta situación se repitió un par de veces más, hasta llegar a fin de año. No me llevé matemática pero me llevé latín a diciembre. ¿El sentido de la rateada era no llevarme materias a examen? No.

¿Qué era lo más interesante de hacerme la rata? ¿No ir al colegio? ¿Salvarme de un examen? ¿Salvar una materia? ¿Mentirle a mis padres? ¿Desafiar la autoridad paterna? ¿Ocultar algo de mi vida? ¡Sí! Estas eran las verdaderas razones. Estos eran los desafíos: ocultar algo de mi vida, una pequeña porción de decisión propia, personal, sin tutela, sin permiso, sin conocimiento de los mayores, desafiando la autoridad paterna. Y no porque mis padres no me acompañaran, no me comprendieran, no me escucharan. No. Sólo porque sentía que debía separarme más de ellos, encontrar mis propias ideas, mi camino.

Ratearse era comenzar a construir una porción de vida sin control adulto, ni de nuestros padres ni de nuestros profesores, ningún mayor participaba de la decisión… la decisión era personal, propia, de la cabeza de uno mismo o, a veces, de un pequeño grupo de pertenencia, de los más allegados, los más cercanos.

Ratearse era tomar una decisión, evaluando sus consecuencias y asumiendo los riesgos. Riesgos que no pasaban de un buen reto, una materia a examen, la suspensión de la semanalidad, o el retiro de la confianza de nuestros padres, que era el mayor de los riesgos, y creo, el más temido.

Ratearse era crecer un poco. Convertirse en el decisor de mis propias acciones. Hacerme un poco el adulto.

Obvio que al tiempo de realizar varias rateadas uno se siente más seguro, fundamentalmente si todo sale bien, si no nos descubrieron, si salvamos la materia, si no nos pasó nada vagueando por ahí.

Y entonces aparece el cuestionamiento. ¿Para qué ratearme si mis fundamentos son válidos? ¿Para qué ratearme si puedo probar cómo resolver los problemas –por ahora escolares- de otra manera o en otro tiempo? ¿Para qué ratearme si me siento seguro y puedo entablar una buena conversación con mis padres? Tengo autoridad sobre mis propios actos.

telefonoMuchas veces nos rateábamos solos, la decisión era tomada en el viaje al colegio. Otras veces nos organizábamos ante lo que considerábamos una injusticia –como una prueba de un día para otro, o lección oral sin tiempo suficiente para prepararla- ahí mismo, en el colegio. Pero a veces también nos llamábamos por teléfono, ese negro de baquelita con disco, sin que ningún adulto se enterara.

Porque el desafío de la rateada era que los adultos no lo supieran. Tampoco debían enterarse al día siguiente. La rateada era nuestra, pertenecía al mundo de lo privado, casi de lo íntimo. Desafiaba la autoridad paterna y la escolar, la institucional, la autoridad de la sociedad.

Si estos eran los fundamentos de la rateada, los que yo creo como más importantes y en cierto modo, los que le dan sentido al ocultamiento de nuestras acciones a nuestros padres y profesores, entonces organizar una rateada a través de una red social como Facebook implica otras motivaciones.

Captura de pantalla 2010-05-31 a las 31-05-2010    13.42.57Y no es la irrupción de las Tecnologías, porque podría haberse organizado a partir de los celulares, que reemplazan hoy en gran medida a los teléfonos fijos, a los que podríamos nombrar como teléfonos familiares ya que en general, cada integrante de la familia tiene su propio celular –cada vez más, en especial los adolescentes-. Las rateadas podrían organizarse desde aquí, desde los celulares. Y los padres y profesores seguirían sin enterarse. Y la sociedad tampoco se enteraría.

Si hoy los adolescentes eligen organizar de manera pública una rateada, es decir, si eligen una red social pública –Facebook- para proponer día, hora y lugar de la rateada no están intentando construir un acto privado, casi íntimo. Parece ser que los adolescentes hoy no tienen a quién ocultarle algo o tal vez, no sienten esa necesidad imperiosa de romper con sus adultos para construir su propia mismidad. O no ven la posibilidad de construir una sociedad distinta, más justa, más libre, desafiando a la autoridad… desde el ocultamiento, desde el secreto.

Hoy aparece el desafío a través del mostrar y mostrarse. No sólo me rateo con mis amigos, y digo día, hora y lugar del encuentro, sino que además lo hago público. Pareciera que los jóvenes de hoy dicen, en su lenguaje, basta de careteos, baste de hipocresía, si me rateo que lo sepa todo el mundo… total… ¿qué me puede pasar?

O tal vez la hipótesis más alarmante sea que no hay una representación de autoridad en el adulto, en los padres y profesores, en la sociedad… que todo vale y ninguna acción corresponde al mundo de lo privado, lo íntimo.

Más debiera preocuparnos cuando aparecen adultos organizando rateadas al trabajo, a través del mismo medio, de la misma red social. ¿A quién están desafiando? ¿De qué autoridad necesitan separarse? ¿Cuál es el objetivo que persiguen?

O tal vez, la preocupación debería centrarse en el espacio preferencial que los medios dieron –y dan- a esta noticia. Más de 45 páginas de Internet concentran información sobre las rateadas. Todo el mes de mayo se dedicó a esta situación. Empezó con Mendoza y se extendió a todo el país. Cruzó fronteras y se extendió por países hermanos.

Todo está en los medios, y en Internet, que recoge toda la información y la muestra una y otra vez, siempre que nosotros queramos verla.

¿Nos preocupan los jóvenes? ¿Nos preocupa la educación? ¿Nos preocupan las Tecnologías? ¿Nos preocupa el tema de la autoridad?

Porque mientras transcurría el mes de mayo y se llenaban hojas y hojas de información acerca de dónde, cuándo y quiénes se iban a ratear o qué provincia había decidido la participación de su policía para prevenir los desmanes de los jóvenes, el Consejo Federal de Educación emitía un comunicado quitándole importancia al asunto y reafirmando los 180 días de clase obligatorios, el Ministerio de Educación de la Nación daba inicio a la entrega gratuita de computadoras para los estudiantes de las escuelas medias del país –sí, los mismos que se estaban rateando-, las aulas se llenaban de alumnos gracias a la Asignación Universal por Hijo, y la Nación se preparaba para festejar el Bicentenario de la Revolución de Mayo.

Separemos la paja del trigo. No son las Tecnologías las responsables de lo que pasa. No son los jóvenes. No son las redes sociales, como Facebook. Somos nosotros, los adultos responsables, la sociedad y sus instituciones, la escuela y los docentes, los que debemos impartir autoridad.

Autoridad que implica la toma de las mejores decisiones para ellos y para el país que queremos construir.

Autoridad que obliga a ser responsables de los actos que realizamos, y de sus consecuencias.

Autoridad que posibilita plantear una idea de país, defenderla y gestionarla.

Autoridad que incluye preocuparnos por los jóvenes, su formación y su inserción en la sociedad.

Autoridad que conlleva respeto, solidaridad y justicia.

Somos nosotros, los adultos.

Rateada

3 Responses to “ Hacerse la rata… ¿o hacerse el oso? ”

  1. Comparto totalmente la comentado por Jorge!!! estaria bueno continuar el debate con los chicos y los abuelos no?

  2. excelenteee!
    me encanta q haya gente q se preocupe y piense
    quienes son realmente los responsables de esta
    situacion, no solo con respescto a las rateadas,
    sino con respecto a la vida.

    p.d: alguien (actualmente) del CNBA

  3. hay frases q son muy buenas,como por ejemplo:

    “Parece ser que los adolescentes hoy no tienen a quién ocultarle algo o tal vez, no sienten esa necesidad imperiosa de romper con sus adultos para construir su propia mismidad. O no ven la posibilidad de construir una sociedad distinta, más justa, más libre, desafiando a la autoridad… desde el ocultamiento, desde el secreto.”

Deje una respuesta

You can use these XHTML tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <blockquote cite=""> <code> <em> <strong>